*) Prof. José Luis Corbo 

“Creerse libres es la peor señal de estarlo. Emanciparse significa al decir de Freire (1969), desarrollar la capacidad de comprender, de reflexionar y accionar sobre el mundo para transformarlo; agregamos ahora, entenderse a su vez productos históricos de ese mismo mundo y sujetados a él. Ese mundo es individual y colectivo, consciente e inconsciente, y por ello, explícito y oculto; es un recorte de la realidad, que plasmado en el diseño del curriculum y en sus estrategias de evaluación será construido/constructor de ella y de sus demandas socioculturales. Por ello, no es el marco de acción de la escuela, sino su matriz”. (Sarni – Corbo, 2017)

Seguramente, hoy en día, no existe práctica educativa más coloquialmente citada que la evaluación. Parece una urgencia social describir, comparar y establecer juicios de valor de un sinnúmero de objetos sobre los cuales ni siquiera se determinan los criterios que los regulan. Se asume moralmente válida la universalización de dichos juicios y se somete todo lo observable a la crítica permanente.

Por otra parte, se habla de evaluación vinculada básicamente a prácticas acreditadoras cuasi incuestionables, sobre las que no parece necesario establecer una evaluación propia, una evaluación de la evaluación, aparentemente operando sobre ellas criterios de validez autónomos, absolutos.

Es por tanto oportuno aclarar que la evaluación como parte de una estructura sistémica, responde a elementos sociales, culturales, históricos y políticos que determinan la lógica de los objetos de evaluación como construcción colectiva, transformándolos en un producto de ese proyecto social.

Si consideramos a la propia acción de evaluar como la comparación de ese objeto con un ideal o referente y sobre el cual se establecerán criterios que operarán como juicios de valor, debemos asumir también, que existirán tantos ideales como sujetos construyan el objeto y que un producto no es una representación objetiva sino nada más que un acuerdo intersubjetivo.

En otras palabras, todos construimos un ideal sobre el que tendemos a comparar cosas, sujetos, hechos, acciones y cuanta cosa queramos, y parece imposible pensar en encontrar ideales comunes, más allá del condicionamiento natural que nos otorga nuestro carácter histórico.

Por tanto, pensar la evaluación sin pensar en un intento de construcción colectiva entre los sujetos involucrados en la propia acción, resultaría a priori contradictorio. A su vez, y si pensamos en las formas en que se presentan estos supuestos, podemos trasladar estas hipótesis a los múltiples sistemas de relaciones sociales de los cuales participamos a diario.

Por tanto, y a modo de ejemplo, podemos citar el reciente problema de la suspensión del fútbol en nuestro país, luego de un incidente de violencia de público conocimiento. Parece ser que la asamblea de árbitros está en desacuerdo ante el fallo de la Asociación Uruguaya de Fútbol que redundará en la toma de acciones sobre los equipos involucrados.

¿Qué tiene que ver esto con la evaluación?. Está clarísimo que existen dos organismos que operan dentro de un mismo sistema de relaciones y que pretenden evaluar a un mismo objeto -en este caso la violencia en el fútbol- manejando diferentes referentes de evaluación, dando carácter de imposible a la determinación de criterios válidos para la propia acción evaluativa.

El anterior es un ejemplo de los miles en los cuales la evaluación subyace a una práctica social común. Parece evidente la necesidad de establecer de forma permanente juicios de valor sobre todo lo que nos rodea, así como también parece inalcanzable la posibilidad de que esas acciones operen con validez en la medida que se desconozca la importancia de asociar los objetos a la complejidad social de su entorno como en algún momento nos sugirió Morin.

La práctica permanente de la evaluación como instrumento social -seguramente la más común es sobre personas y sus acciones- es evidente en este hombre esquizoide del que nos advertía Crimson. En definitiva, tenemos la urgencia social de evaluar a todo, sin dar cuenta del significado de la propia acción.

Y si, como ejercicio aplicable al común de dichas acciones, parece ilógico pensar la evaluación en un paradigma que no sea el de la complejidad, parece imposible también, validar prácticas evaluativas externas que caen como modas en sistemas educativos cargados de matices particulares para los cuales, la propia construcción de los objetos a evaluar y de sus referentes de comparación debería ser una práctica imprescindible.

 

*) Licenciado en Educación Física (ISEF Udelar). Entrenador de fútbol (ISEF-Udelar). Actualmente cursando la Maestría en Didáctica de la Educación Superior (Centro Latinoamericano de Economía Humana).

Director coordinador de Educación Física, del Consejo de Educación Inicial y Primaria/Administración Nacional de Educación Pública. Maldonado-Uruguay.

(ANEP/CEIP). Integrante de la línea “Políticas Educativas y Formación Docente.

Educación Física y Prácticas Educativas”, adscripta al grupo de investigación sobre La Educación Física y su Enseñanza.

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