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*) Alberto Fernando Prandi De Césare

Durante más de 40 años, la propuesta de “Sol y Playa” en prácticamente toda la costa uruguaya, pero particularmente en Punta del Este, estuvo marcada por la presencia esencialmente, de turistas provenientes de Argentina. Del mismo modo, el 90% de las inversiones inmobiliarias fueron realizadas por desarrolladores e inversores provenientes de ese país, logrando un sostenido crecimiento del balneario hasta colocarlo entre los destinos más reconocidos a nivel internacional, lo que se mantiene hasta el día de la fecha.

En ese período la presencia de un turismo masivo y de alta fidelidad con poder adquisitivo alto y muy alto de nuestros vecinos del otro lado del Río, se iba complementando con las inversiones referidas que respetaban las reglas de la oferta y la demanda, dándole gradualidad a los cambios que todo crecimiento implica, más allá de ser cuestionados por quienes sosteníamos la necesidad de un crecimiento horizontal por lo vasto del territorio y no de alturas de entre 12 y 17 pisos, que eran consideradas entonces desmesuradas para este destino.

Fue así que hasta la finalización del siglo XX, salvo períodos puntuales de crisis regionales, la actividad turística era exitosa en Punta del Este por el gasto y el período de estadía de nuestros visitantes argentinos. El consumo de estos turistas era muy alto, había una fuerte presencia de una clase media robusta y los períodos vacacionales eran de entre 45 y 90 días.

Muchísimas familias cruzaban a Uruguay para vacacionar desde el 15 de diciembre al 15 de marzo. Esta situación hacía posible que la actividad fuera rentable para la inmensa mayoría de los empresarios y trabajadores, que independientemente de la “zafralidad” de la misma, les permitía a algunos comercios permanecer abiertos sin beneficio alguno en los meses siguientes, para brindar servicio a los pocos visitantes que venían durante el invierno, al tiempo que otros cerraban hasta la siguiente temporada.

Los empresarios tenían entonces una excelente rentabilidad y lo más importante, los trabajadores podían vivir todo el año con lo producido durante el verano. La actividad turística garantizaba, nada menor, una adecuada distribución de la riqueza generada, entre toda la población de no más de entre 60.000 a 70.000 personas que vivían en forma permanente en la zona en esos años.

Pero con el inicio del siglo XXI, todo cambió y allí comenzaron los problemas del sector, la tendencia de permanecer largos períodos se fue sustituyendo por otros más cortos, primero un mes, luego 15 días hasta llegar a la actualidad con un promedio de entre 4 y 6 días según las condiciones cambiarias.

La clase media de ambos lados del Plata vio seriamente disminuidos sus ingresos, muchos dejaron de venir, otros lo hicieron por pocos días pero aun los que permanecían por más tiempo, redujeron drásticamente el gasto al que estábamos acostumbrados. Cómo si todo esto fuera poco, se agregó una nueva tendencia, de utilizar los últimos días de diciembre y la primera quincena de enero en desmedro de la segunda y del mes de febrero que pasó a ser absolutamente secundario, casi comparable con diciembre o marzo.

Como consecuencia de todo lo anterior, se perdió rentabilidad, nadie o muy pocos pueden obtener resultados positivos en un período tan corto. Cayó el empleo, los contratos de temporada fueron recortados a esa primera quincena y no hubo capacidad de respuesta de ningún tipo, para intentar generar alternativas; muchos prefirieron ignorar la realidad, colocarse una venda en los ojos aunque tenían la responsabilidad histórica de enfrentar estos nuevos desafíos y revertir sus consecuencias.

La única “propuesta” fue modificar las ordenanzas de construcción u otorgar excepciones a las mismas, permitiendo más y más altura. Así se fue creando “una sobredosis de hormigón” en el balneario que le quitó buena parte de su belleza, afectando el ecosistema de Punta del Este, dañando el equilibrio de sus dunas, sus parques y sus bosques y así ha seguido ocurriendo hasta la fecha, pensando que así se iban a solucionar todos los problemas.

No fue así. Perdimos miles de turistas de alto poder adquisitivo que no quisieron seguir viniendo a un destino que les ofrecía torres por doquier o sea más de lo mismo que tienen en sus ciudades de origen y lo que es peor pagamos ese alto precio pero no resolvimos ni por asomo el problema laboral de nuestra gente ya que si no hay actividad turística e inversiones inmobiliarias reales, no hay industria de la construcción ya que ésta depende del turismo.

La prueba es que hoy en Maldonado existen los niveles más bajos de la construcción en décadas; está claro que no valió la pena “dañar” los recursos naturales de un lugar como éste en tanto no son infinitos y que debieron y deben preservarse siempre. Este panorama está lejos de revertirse por la enorme sobre oferta que se generó en los últimos quince años por los beneficios que obtenían los inversores pero sin responder a una demanda concreta.

Por otro lado, la población estable se cuadriplicó, por familias provenientes de todo el país que pensaron que podían mejorar su calidad de vida en este lugar y cómo eso no ocurrió, pasamos a tener decenas de asentamientos, dónde muchos compatriotas viven en condiciones de una precariedad que duele y mucho, pero lo que es peor, seguirá creciendo, creando enormes problemas sociales y de seguridad.

Hoy no hay una distribución real de la riqueza que genera el turismo, sólo los hoteles y la gastronomía de alta gama, así como las propuestas de altísimo nivel tienen ingresos acordes, riqueza para unos pocos, miseria o penurias económicas para la inmensa mayoría, la clase media, las Pymes, la estructura del país, la que sostiene el desequilibrio, está desmoralizada y atraviesa su peor momento en mucho tiempo.

Así llegamos a esta temporada que mostró, cómo era previsible, niveles de ocupación, estadía y gasto extremadamente bajos, previéndose una caída mayor al finalizar la misma; pero tampoco fueron buenas las anteriores, aunque se diga lo contrario, los mismos números oficiales demuestran que en el 2018, temporada récord para los expertos, el gasto y los días de estadía promedio siguieron bajando como ha venido ocurriendo en los últimos años.

Entonces llegó el momento de detenernos a pensar. Ya no hay rentabilidad y por ende no hay trabajo para buena parte de la población porque tampoco se generaron industrias u otras actividades alternativas a la temporada de verano. No podemos, no debemos, seguir mirando para otro lado y empezar de nuevo con la noria de que va a pasar en la próxima temporada.

Lo adelanto, más de lo mismo o peor, a menos que reaccionemos y diseñemos un modelo nuevo, entender que la enorme recaudación que aún en estas condiciones genera el Turismo, no pueden servir únicamente al gobierno de turno que recauda siempre, que los actores del Turismo, empresarios y trabajadores debemos exigir políticas de turismo serias, planificadas, elaboradas por expertos que empiecen por reconocer nuestra realidad y al mismo tiempo, aliviar la carga fiscal para que no sigan cerrando empresas, para que no siga aumentando el desempleo, para que la quimera de romper la estacionalidad sea una realidad que permita obtener una rentabilidad digna. Empecemos ya, empecemos hoy antes que sea demasiado tarde.

*) Operador inmobiliario de Punta del Este y La Paloma desde 1978.

Presidente de la Asociación de Inmobiliarias de Punta del Este (Adipe), por dos períodos consecutivos 2001-2003 y 2003- 2005.

Subsecretario de Turismo y Deporte a partir del 2005 integrando el gabinete del primer gobierno progresista en la historia del Uruguay.

Presidente de Rotary de Punta del Este en el período 2002-2003.

Presidente y socio fundador de la Asociación de Empleados de Inmobiliarias (Aedi) por el período 2003-2005.

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